En una audiencia cargada de tensión, emoción y fuertes testimonios, la Justicia condenó a Carlos Moisés Martínez Pereira a 12 años de penitenciaría por un delito de homicidio especialmente agravado.
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SUSCRIBITE“No soy asesino ni violento. Fui a pedirle que no se acercara a mi madre”, dijo el imputado, que fue condenado a 12 años de prisión.
En una audiencia cargada de tensión, emoción y fuertes testimonios, la Justicia condenó a Carlos Moisés Martínez Pereira a 12 años de penitenciaría por un delito de homicidio especialmente agravado.
La instancia comenzó a las 16:23, bajo la conducción de la jueza María Noel Odriozola, quien analizó en profundidad el contexto previo al crimen, marcado por una historia familiar atravesada por violencia, abuso y silencio.
Durante la audiencia, la Fiscalía sostuvo que, si bien existía un trasfondo de dolor y conflictos familiares, nada justificaba el accionar del imputado. Se remarcó que la víctima recibió la mayoría de los disparos por la espalda, sin posibilidad de defensa, y que posteriormente el cuerpo fue arrastrado y enterrado en un pozo dentro del domicilio.
Además, se indicó que se efectuaron al menos 15 disparos, con 14 vainas calibre 22 halladas, todas correspondientes a la misma arma. La pericia también descartó patologías psicóticas o consumo de sustancias al momento del hecho.
Uno de los elementos que más pesó para la acusación fue la conducta posterior del imputado, quien manifestó ante la Policía que “hizo lo que tenía que hacer”, entregándose tras el crimen.
La Fiscalía descartó la aplicación del artículo 36 (legítima defensa incompleta o estado de emoción violenta), al entender que no existía un peligro actual ni una agresión inminente. También subrayó la ausencia de denuncias recientes, lo que debilitó la tesis de una reacción inmediata ante una amenaza.
Por su parte, la defensa intentó construir una línea basada en el colapso psicológico de Moisés, señalando que su capacidad de autodeterminación se encontraba disminuida. Sin embargo, la pericia fue realizada seis meses después.
Alegó además su primariedad absoluta, su rol como padre y la profunda carga emocional tras conocer episodios de abuso sufridos por integrantes de su familia años atrás.
El propio imputado declaró: “No soy asesino ni violento. Fui a pedirle que no se acercara a mi madre”.
Los testimonios de familiares fueron clave para entender el trasfondo. Hermanos y allegados coincidieron en describir una relación marcada por el miedo hacia el padre, con relatos de violencia física, abuso y sometimiento que se remontaban al menos 15 años atrás. Incluso se habló de un “secreto a voces” dentro del núcleo familiar.
Una pericia psicológica determinó que Moisés presentaba un cuadro de estrés postraumático complejo, con disociación y una intensa conmoción emocional, agravada por la reciente revelación de los abusos.
Sin embargo, para la jueza, estos elementos no alcanzaron para eximir ni reducir sustancialmente la responsabilidad penal. Se entendió que existió dolo directo, es decir, intención clara de matar.
A la hora de fijar la pena, se valoraron como atenuantes la confesión y la falta de antecedentes, lo que permitió ubicar la condena en el mínimo legal previsto para este tipo de delito, que va de 10 a 24 años.
Finalmente, el fallo estableció una condena de 12 años de cumplimiento efectivo.
La audiencia no estuvo exenta de momentos de fuerte impacto emocional: sobre las 16:27, una de las hermanas del imputado se descompensó en sala.
El caso deja expuesta una compleja trama donde el dolor, la violencia intrafamiliar y la ausencia de denuncias oportunas confluyeron en un desenlace trágico. Como señaló una de las profesoras de Sara, presentes en sala, y que se dirigió a la jueza: “Se aplicó el derecho, pero no necesariamente se hizo justicia”.
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