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Condiciones de Diyab en Uruguay "son miserables", según esposa

"Me dice que a veces no tiene ni agua caliente", relató la esposa el exrecluso de Guantánamo.

28 de octubre de 2016 - 00:00

“Que se acabe la pesadilla de Guantánamo". Este es el único deseo de Yusra Al Hasne, la esposa de Jihad Diyab.

La “pesadilla” a la que refiere comenzó en 2002, cuando su esposo fue sacado por la Policía en plena madrugada de la casa donde vivían en Pakistán.

Yusra tardó siete meses en averiguar que Diyab había sido enviado a Guantánamo acusado de tener vínculos con grupos yihadistas, relata durante una entrevista con Efe y Brecha en Estambul, donde lleva dos años viviendo como refugiada.

La mujer ha fijó cita con los periodistas ante una mezquita de Estambul, lugar de encuentro de turcos y árabes fundamentalistas.

Acude vestida con la versión más estricta del niqab: tapada la cara entera con un fino velo negro y guantes negros, como prescribe la interpretación más rigurosa del islam.

Acompañada de su hijo Ahmed, de 14 años, y un joven hombre que prefiere identificarse solo como "un familiar", Yusra relata su trayectoria, en consonancia con la que los documentos estadounidenses recogen de la versión de su marido.

Su llegada a Estambul coincidió con el traslado de su esposo a Uruguay por un acuerdo entre el entonces presidente, José Mujica, y su homólogo estadounidense, Barack Obama.

"Estábamos en Líbano y nos vinimos a Turquía porque nos llamó el abogado (de Diyab) y nos dijo que nos podríamos ir a Uruguay; eso fue unos cuatro o seis meses antes de que mi marido saliera de Guantánamo", relata la mujer, madre también de dos chicas.

El pasado verano tuvo una cita formal en el consulado honorario del país latinoamericano en Estambul, a la que acudió creyendo que le iban a entregar el ansiado permiso para viajar a Uruguay, pero ni siquiera pudo ver al embajador encargado de Turquía.

"Ya no me creo las promesas, son todas mentira", se desespera.

Y vistas las "condiciones miserables" de vida de su marido en Uruguay - "me dice que a veces no tiene ni agua caliente" - cree que la mejor solución es que otro país se haga cargo de él y le facilite el viaje a ella y los hijos.

De hecho, horas antes de la entrevista se supo que tal acuerdo se ha alcanzado, por lo que Jihad ha puesto fin a su enésima huelga de hambre, una noticia que Yusra celebra con cierta cautela, sin conocer aún los detalles o plazos previstos.

Otra opción, evalúa, sería que Turquía permitiera "al menos un viaje" de Jihad a Estambul para ver a su familia.

"Ahmed tiene 14 años y nunca ha visto a su padre", denuncia la madre, insistiendo en que su marido es, además, inocente de las simpatías yihadistas que los servicios secretos estadounidenses le atribuyeron y nunca ha sido otra cosa que un buen padre de familia.

Pero al mantener a un padre encarcelado sin acusación, Estados Unidos "está sembrando el terrorismo en la mente de sus hijos" y "hace que crezcan en la enemistad con América", teme Yusra.

Jihad, como la mayoría de los presos de Guantánamo, nunca fue acusado ante un tribunal, aunque el Departamento de Defensa de EEUU afirma tener información de que colaboró con Al Qaeda como falsificador de pasaportes.

Yusra se casó con Jihad en 1993. En aquel entonces, ella era estudiante de Jurisprudencia Islámica, en una universidad de Damasco y él, nacido en Líbano en 1971 pero de nacionalidad siria, según EEUU, cumplía el servicio militar en la misma ciudad.

Juntos se fueron años más tarde a Pakistán, donde Jihad trabajó como transportista, después de un paso por Afganistán, del que Yusra prefiere no dar detalles.

La vida durante el año y medio que pasaron en Pakistán fue "muy normal", "como la de cualquier familia", hasta el arresto de Jihad.

"Pensábamos que lo detenían porque no teníamos residencia legal en Pakistán, incluso me dijo que probablemente lo iban a soltar al cabo de cuatro meses", relata sobre aquella noche de abril de 2002.

Pero siete meses más tarde fue informada por la Media Luna Roja de que su marido se hallaba en Guantánamo, por lo que se presentó a la embajada siria para regresar a su país.

Los problemas empezaron en el aeropuerto de Damasco: fue arrestada, separada de sus hijos durante casi un mes e interrogada sobre las actividades de su marido, sin acusación ni juicio.

"El gobierno sirio me seguía los pasos, tenía prohibido viajar, mis hijos sufrían mucho en el colegio porque ya éramos 'terroristas'", narra.

En 2008, Yusra fue arrestada de nuevo y pasó la mayor parte de los siguiente tres años en detención preventiva, dato recogido también por Amnistía Internacional.

"Usaron el dossier de Guantánamo y Afganistán en un tribunal antiterrorista, pero sin ninguna acusación formal. Al final, el juez dijo que me liberaran, porque no había hecho nada", recuerda.

"Eso fue en 2011, cuando empezó la revolución" en Siria, aclara.

Poco después, Yusra se trasladó a Líbano con sus hijos y viajó a Estambul para esperar un visado uruguayo que nunca llega.

 

EFE

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