16 de octubre de 2026 - 11:41 Walter 'Cata' Roque, imposible mencionarlo sin su apodo, fue dentro del fútbol sudamericano un verdadero trashumante. Tras defender en su país los colores de Bella Vista, Rampla Juniors, Nacional y Danubio, sumó la gloria de ser campeón sudamericano con la Celeste en 1956.
Su primera salida al exterior fue a Argentina, donde jugó en Atlanta, pero su condición de residente en el exterior se profundizó con su carrera como entrenador, que inició en Venezuela. En esas idas y vueltas fuera de Uruguay, tuvo una particularidad que no debe ser sencilla de sobrellevar: dirigir a su propio hijo.
Luciano Roque contó a Telenoche que, al principio, algunos compañeros lo miraban de reojo por ser el hijo del entrenador. Sin embargo, aseguró que siempre se integró como uno más y se ganó la confianza del grupo. También destacó que procuró generar un ambiente en el que todos pudieran expresarse con libertad, pese a la presencia del técnico.
Luciano debió adaptarse desde la infancia a vivir en diferentes lugares, con cambios de ciudades y países que eran habituales. “En la infancia era un año o dos acá viviendo en Uruguay, después tres en Bolivia, dos en Venezuela, volver a Uruguay y así estuvimos prácticamente de toda la vida”, recordó.
En 1985, Roque volvió a Uruguay para dirigir a Sud América y al año siguiente se hizo cargo de Nacional, donde había tenido un brevísimo paso como futbolista. Fue la temporada de la peculiar definición del Campeonato Uruguayo entre tricolores y aurinegros, a partir de un acuerdo entre ambos clubes que permitía a Peñarol disputar una final si terminaba uno o dos puntos por debajo de su rival en la tabla anual.
“Ya pasaron 40 años, fue la temporada 86”, recordó Luciano. Según contó, su padre le decía que nunca había estado de acuerdo con la firma de aquel arreglo.
El partido, disputado en la noche de Reyes de 1987, preveía la posibilidad de tiempo suplementario y definición por tiros desde el punto del penal si no surgía un ganador.
El marcador no tenía alteraciones cuando, cerca de los 90 minutos, Juan Ramón Carrasco dispuso de una muy buena chance para Nacional, al enfrentar en un mano a mano al arquero Eduardo Pereira. Un intento de último control de pelota no resultó como quería el futbolista y la posibilidad del gol, que parecía inminente, se esfumó. En el tiempo extra tampoco hubo goles, por lo que hubo que recurrir a los penales.
Carrasco marcó el suyo, pero Peñarol fue más efectivo y ganó 4 a 3, consagrándose campeón. A las pocas horas de culminado aquel partido, se dio una situación hasta hoy desconocida en el domicilio del entrenador tricolor.
Luciano contó a Telenoche que su padre ya había decidido presentar la renuncia si no conseguía el título. Después del partido, en plena madrugada, Carrasco fue hasta su casa para pedirle disculpas por la jugada en la que no pudo convertir ante Pereira.
En aquella acción, Carrasco había intentado eludir al arquero y avanzar unos metros más hacia el arco, pero Pereira logró quitarle la pelota y enviarla al córner. Pese a haber convertido después su penal, Carrasco sintió la necesidad de disculparse con el entrenador.
"Mi madre le dijo a mi padre: 'están golpeando la puerta, es Carrasco'. Mi padre salió y aceptó las disculpas", relató.
La historia no trascendió en aquel momento. Luciano contó que se enteró de lo ocurrido después de la muerte de su padre, cuando su madre le relató la visita. “Mi padre se lo llevó a la tumba”, señaló.
A casi 40 años de aquel episodio, el hijo del entrenador destacó la actitud de Carrasco y consideró que muchas veces se desconoce cómo es realmente su personalidad.
“La gente tiene una idea de la personalidad de Carrasco y desconoce muchas cosas. Juan es una persona íntegra”, afirmó. Para Luciano, el hecho de que un futbolista terminara el partido y fuera hasta la casa del entrenador para pedirle disculpas demostraba su calidad humana.
Las vueltas de la vida hicieron que, dos años y medio después, Walter Roque se vinculara a Peñarol y volviera a encontrarse con Carrasco.
La llegada al club se produjo en medio de la eliminatoria para el Mundial de Italia 1990, cuando varios jugadores aurinegros se marcharon, entre ellos el Pato Aguilera y el Pepe Herrera. Según contó Luciano, su padre vio con buenos ojos la incorporación de Carrasco.
En el largo recorrido por las canchas de fútbol, unos años antes de lo relatado, a Cata Roque le había tocado vivir una situación muy compleja en el Estadio Centenario: era el entrenador de la selección de Venezuela la tarde en que resultó fracturado Fernando Morena.
La gravedad de la lesión generó una enorme conmoción y llevó a que muchos señalaran al entrenador como responsable.
Luciano recordó aquel episodio como un momento traumático para su padre. "Morena en ese momento era como decirte que fracturaran a Luis Suárez, por ejemplo. Fue muy difícil de superar", apuntó.
Ante la consulta sobre las acusaciones que recibió Roque, pese a no tener responsabilidad en lo ocurrido, su hijo sostuvo que quienes conocían al entrenador nunca pudieron creer que la lesión hubiera sido intencional: "Está totalmente lejos de la realidad", concluyó.