18 de octubre de 2017 - 00:00 Un decepcionante empate sin goles con el Qarabag disparó este miércoles las dudas del Atlético de Madrid en la Liga de Campeones, incapaz de doblegar a un rival menor en Europa, con sólo dos puntos en tres jornadas y con la clasificación para los octavos de final más que comprometida.
El Atlético funcionó al ralentí. Quizá condicionado por la presión, quizá porque el equipo no está tan bien como recalca su técnico, el argentino Diego Simeone, o quizá porque cada encuentro tiene más dificultades de las aparentes, sus altibajos fueron evidentes, también sus imprecisiones, demasiadas para este bloque.
Hasta el minuto 25 ni una ocasión. Al descanso, empate a cero, explicado, en cualquier caso, por la falta de remate del Atlético desde entonces, porque, dentro de esa versión gris, tuvo opciones suficientes para haber terminado el primer tiempo en ventaja; en unas le faltó pegada, en otras le sobró el portero Ibrahim Sehic.
A la primera cuestión correspondieron el primer tiro, altísimo de Nico Gaitán, que sigue lejísimos de aquel futbolista que deslumbró en el Benfica; un cabezazo flojo de Saúl Ñíguez o un remate de José María Giménez fuera por unos centímetros; a la segunda, los duelos de Griezmann y Carrasco contra el acertado guardameta del Qarabag.
No hubo ni una sola intervención en la otra portería del esloveno Jan Oblak, un espectador más en el control visitante del primer acto. Pero la victoria, importante para su futuro en el grupo C, exigía mucho más, varias marchas más, más velocidad, más precisión y más desparpajo en los últimos metros, donde se deciden los partidos.
Con el estrés en crecimiento a medida que avanzó el tiempo, el Atlético mantuvo a ratos la insistencia, pero para entonces el duelo ya era mucho más equilibrado. Su rival aparecía en el otro área y ya se había cerrado mucho más, compactado en dos líneas, una poblada con seis defensores sobre la raya del área y otra de cuatro un par de metros más adelante, con todo lo que eso conlleva.
Agencia EFE